¿Es el cambio climático una de las preocupaciones de los norteamericanos en las próximas elecciones?

Por Martina González

Licenciada en Relaciones Internacionales

Comité de Ambiente y Energía

Palabras Clave: Estados Unidos, Elecciones, Cambio Climático, Green New Deal

La tensión electoral se intensifica cada vez más en los Estados Unidos. En un primer debate caótico y lleno de chicanas, los candidatos se enfrentaron pero lejos estuvieron de la presentación de propuestas constructivas para un país deteriorado políticamente, altamente polarizado y quebrado por la violencia. El ambiente no parece llevar a un espacio edificante, así como tampoco parece haber en el horizonte un tratamiento adecuado de la crisis climática actual.

En los últimos años hemos visto como los incendios forestales en California aumentaron en cantidad y potencial destructivo. Los pulmones del planeta arden con fuerza y Estados Unidos no se queda atrás. Las nubes de humo tóxicas, las olas de calor y los constantes desafíos para apagar el fuego a fin de evitar la destrucción de los ecosistemas son moneda corriente en el presente siglo.


El 2020 es uno de los peores años en cuanto al cambio climático. A pesar de algunas ventajas que nos dio la pandemia COVID-19, millones de hectáreas en todo el mundo ardieron sin cesar y California superó sus registros históricos, dejando pueblos enteros reducidos a cenizas. Así y todo, parece ser que el tema no puede ganar terreno en el espacio electoral porque continua siendo un tópico controversial.


¿Qué ofrece el liderazgo político al electorado estadounidense ante la emergencia ambiental?


El presidente Donald Trump ha desmontado en sus años como mandatario numerosas piezas cruciales –obtenidas durante la administración de Barack Obama y Joe Biden- para hacer frente a la crisis climática. En 2016 abandonó el Acuerdo de París destinado a limitar el avance y los efectos del calentamiento global con disposiciones y compromisos para los países, así como también eliminó regulaciones ambientales de la era Obama como la WOTUS -la regla del Agua de los Estados Unidos-, cuyo propósito era proteger a los humedales y pequeñas corrientes acuáticas del país de los contaminantes. Por otro lado, vemos como constantemente evita validar la opinión científica al respecto catalogándola como “un engaño” buscando desacreditar con su poder comunicativo e influencia una realidad muy concreta y palpable: el cambio climático representa una amenaza real y existente, no solo para el ambiente sino para la vida humana en todos sus ámbitos.



En oposición al magnate, el candidato demócrata Joe Biden promete en su actual campaña presidencial una inversión billonaria para cumplir con un ambicioso plan climático durante los próximos 10 años que pretende reformar el sector energético estadounidense, además de impulsar el crecimiento económico de la nación bajo una perspectiva sustentable. El Plan Biden para una Revolución de Energía Limpia y Justicia Ambiental, presentado a mitad del 2020, busca impulsar una transición hacia la energía limpia, además de conformarse como un fuerte disparador económico de creación de empleo.


En varias declaraciones, el ex vicepresidente afirmó que se trata de una de las inversiones más importantes que el país puede hacer para la salud y la vitalidad a largo plazo de los ciudadanos, así como para la economía americana y la seguridad del pueblo estadounidense. Sin embargo, todavía no está claro de qué manera se financiaría, si con una combinación de aumentos a los impuestos a las empresas –cuyo valor Trump redujo durante su mandato- y a los ricos o como un gasto deficitario encaminado a estimular la economía.


El candidato demócrata sostiene que “transformar el sector eléctrico estadounidense para producir energía sin emisiones de carbono va a ser el mayor estímulo para la creación de empleo y competitividad económica del siglo XXI”. Teniendo en cuenta las proyecciones, Biden considera que es posible lograr este propósito para 2035 si se comienza a actuar a la brevedad. No obstante, en ningún momento ha hecho alusión a prohibir la quema de carbón o el fracking en el país.


En lugar de impedir el uso de combustibles fósiles, su programa se enfoca en eliminar los subsidios a estos y en la implementación de tecnologías de captura de carbono que disminuyan la contaminación generada por la producción de carbón, gas y petróleo, adoptando vehículos, plantas de energía y edificios más eficientes. También apuesta a la energía nuclear y busca incrementar las investigaciones sobre tecnologías energéticas aun en desarrollo, como el almacenamiento de energía solar y eólica. El tema es muy delicado en algunos estados clave, como es el caso de Pensilvania donde se limitaron los permisos de fracturación.


Claro está que el plan recoge algunas ideas de sus aliados más progresistas, como las de Jay Inslee, cuya campaña se basó en el cambio climático y el Green New Deal, para aumentar su apoyo electoral. Sin embargo, Biden no está dispuesto a ir tan lejos. Todavía no ha dado detalles de cómo pretende conseguir acabar con la dependencia del carbón hacia 2025, solo ha hablado del dinero a invertir.


La otra pata del plan, la justicia ambiental, incluye la intención de que el 40% del dinero a gastar en el desarrollo de energías limpias se destine a las comunidades históricamente afectadas y desfavorecidas por el sistema de producción y consumo moderno. Además, se buscará dar un paso atrás a los incentivos fiscales que el actual presidente implementó, en detrimento del medio ambiente y a favor de las grandes corporaciones.


En pocas palabras, la propuesta ambiental del ex vicepresidente propone hacer una inversión federal de USD 2 billones durante los próximos 10 años, aprovechando inversiones adicionales estatales, locales y del sector privado, sumando un total de más de USD 5 billones aproximadamente. El candidato sostiene fervientemente que el país debe invertir en una revolución energética limpia que incentive la creación de empleos “en casa”, calmando los temores de los votantes republicanos que suelen enmarcar las políticas ambientales como una cuestión de altos impuestos y destrucción de empleos.


Ilustracion: Li Jingjie


Además de auto-convocarse a una estrategia de desarrollo limpio, durante el primer debate presidencial, el pasado vicepresidente se comprometió a volver a formar parte del Acuerdo de París, del cual Trump se había retirado en 2017 a pocos meses de asumir el cargo, así como revertir unas 100 medidas de desregulación ambiental impulsadas por el republicano. Haciendo alusión a la economía estancada del país y la necesidad de reactivación de la misma, causada por la corriente pandemia, Biden indicó que estos desafíos serán una de esas oportunidades que la vida nos da para reconfigurarnos y revitalizar la forma de vida actual.


Sabemos que durante los últimos años, el gobierno federal ha estado ausente ante el desesperado llamado de la afectación climática. Es por ello, que los gobiernos estatales y algunas ciudades del país han asumido por su cuenta la responsabilidad de actuar para contrarrestar los efectos, reactivando la militancia ambiental. La contribución de los seres humanos al efecto invernadero es indiscutible. Lo cierto es que sin un debido involucramiento del establishment americano en la cuestión ambiental, lejos se encuentra el país de tomar un rumbo distinto al que venía teniendo en materia climática. La fragilidad del Acuerdo de París reside en sus cimientos basados en compromisos voluntarios.


Es por ello que sin la existencia de cláusulas obligatorias y penalidades efectivas para los responsables de la degradación del planeta, el futuro queda a la merced de los más poderosos. Es aquí cuando el liderazgo en materia ambiental debe emerger y será la ciudadanía americana quien tendrá un ticket de cambio en sus manos, especialmente las nuevas generaciones quienes cada vez se involucran más en las condiciones que el futuro les ofrecerá.

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