El poder en forma de vacuna: la carrera farmacéutica en la lucha global contra el COVID-19

Por Antonella Paniagua

Estudiante de Relaciones Internacionales (UAI)

Comité de Geopolítica y Relaciones Internacionales

Palabras Clave: COVID-19, Estados Unidos, China, Reino Unido, Rusia.

La comunidad internacional se ha acoplado bajo una dinámica común de encuentro entre los actores estatales que conforman el sistema internacional. En conjunto, se avanza frente una nueva amenaza transnacional que no discrimina países y no reconoce límites ni fronteras.

La República Popular de China, en diciembre de 2019, fue la cuna del primer brote del COVID-19 (SARS-coV-19), el cual dio origen al que, en el transcurso del año 2020, se convertiría en uno de los principales campos de batalla en el que se disputará el liderazgo global: la carrera hacia la obtención de la cura.


El accionar de organizaciones multilaterales, como lo es la Organización Mundial de la Salud (OMS), jefes de Estado, empresas privadas y ONG nos otorga la directriz de que existe una puesta en acción, una iniciativa compartida para la persecución de un objetivo de vital importancia: la disminución y, por consiguiente, erradicación de la actual cepa del coronavirus. Pero, las primeras diferencias y grietas comienzan a visualizarse hacía cómo lograr llegar a la meta, en qué condiciones y cuál será el Estado que reivindique su posición en la arena internacional al obtener aquello que todos buscan exhibir como propio, la cura.


Estados Unidos, por ejemplo, ha utilizado la vacuna como un arma política, sobre todo, electoral, debido a que se aproximan las elecciones presidenciales en noviembre de este mismo año. En el transcurso de la pandemia, Donald Trump ha realizado declaraciones controversiales que han provocado en los ciudadanos un fuerte descontento, sumado a la agitación social, donde ha sido protagonista el movimiento Black Lives Matter. Las declaraciones emitidas desde Washington no lograron llevar calma al pueblo debido a que posteriormente, el Presidente, en una conferencia de prensa, había sugerido la posibilidad de combatir el coronavirus con “una inyección de desinfectante” o aplicando sobre los cuerpos “luz solar”, así como el consumo de hidroxicloriquina y cloroquina.


Fuente: Evan Vucci / AP


También ha menospreciado el uso de mascarillas, calificándolas de antihigiénicas, aunque luego se retractara y actualmente las use. Ha amenazado a la OMS de retirar su apoyo económico debido a que considera la existencia de falta de liderazgo y claridad en sus comunicados para enfrentar e informar al mundo sobre las cuestiones relativas al coronavirus, de esta forma manifiesta la poca o nula credibilidad e importancia hacia la organización.


Donald Trump reconoce el poder y el impulso en la imagen positiva que puede obtener a través del éxito de Estados Unidos en lograr conquistar un nuevo terreno plagado de incertidumbre y con diversos países que han ingresado a la carrera en busca de aumentar su peso e influencia en la comunidad internacional. La operación norteamericana para la creación de la vacuna posee el nombre de “Máxima Velocidad”, denota, al mismo tiempo, un objetivo y un interrogante. Al hacer referencia a la “rapidez” con la que Washington quiere tener en sus manos la solución a la pandemia, deja claro el mensaje que, al ser una carrera, quiere ser el primero en llegar frente a la competencia, pero a su vez, nos hace cuestionar cuál sería el atajo que tomarían para ser el vencedor.


La cura es el último “manotazo de ahogado” que puede realizar Donald Trump antes de los comicios presidenciales, luego de que las encuestas según ABC News e Ipsos, revelaran un margen de ventaja de Joe Biden, representante demócrata, de cinco puntos porcentuales por delante del candidato republicano y actual presidente, llegando al 45% tras la finalización de la Convención Nacional Demócrata. Pero la estrategia tras la esperanza de proclamar como propia la cura dentro de la gestión de gobierno de Donald Trump no parece tener futuro. Él mismo, a través de Twitter, ha culpado a la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) de ser parte de un “Estado Profundo” que conspira en su contra y es por eso mismo, que han decidido demorar el desarrollo de la vacuna hasta que hayan culminados las elecciones presidenciales.


Lo cierto es que las tres vacunas estadounidenses desarrolladas por Moderna Inc (mRNA-1273), AstraZeneca y Pfizer Inc. se encuentran en la fase tres de pruebas clínicas. Pero la inseguridad por parte de la comunidad de expertos en salud de Estados Unidos está latente al reconocer el gran interés de Donald Trump en hallar la cura lo más pronto posible, por lo que han solicitado la creación de una comisión independiente que esté encargado de monitorear los avances de las vacunas antes de su salida al mercado y que esté separada de la FDA.


Desde la OMS se afirmó que ninguna vacuna va a pasar por encima de las pruebas clínicas establecidas por protocolo y se respetarán los tiempos establecidos para la recopilación de datos que acrediten la eficacia de esta, independientemente de los intereses de los Estados y la urgencia por la globalización de la cura.


El apuro por obtenerla también lo encontramos cruzando el Atlántico. El pasado 11 de agosto, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin se autoproclamaba ganador de la carrera farmacológica al anunciar que su país registró la primera vacuna contra el COVID-19. La Sputnik V, en honor al satélite de la era soviética que se lanzó por primera vez al espacio en 1957, que fue desarrollada por el Instituto de Investigación Gamaleya de Moscú, se encontraría apta para la aplicación en humanos, pero el uso está restringido a casos de emergencia. La OMS teme que se haya tratado de un procedimiento de aprobación acelerado, debido a los escasos resultados de la investigación y de las pruebas clínicas correspondientes a la fase tres.


Fuente: Dmitry Kurakin / Russia's Health Ministry / AFP


Una situación similar encontramos en el Reino Unido, ya que tras las declaraciones del secretario de Salud, Matt Hancock, se busca la aprobación en las próximas semanas de una legislación que permita la utilización rápida de la vacuna de la Universidad de Oxford (ChAdOx1 nCoV-19), incluso sin recibir la aprobación de la Unión Europea. Hay que tener en cuenta que el proceso del Brexit ha culminado con la salida de Gran Bretaña el 31 de enero de este mismo año, pero continua actualmente operando bajo sus normativas, incluida aquellas referentes a la regulación médica hasta fin de año.

A su vez, en China se ha aprobado la primera patente de una vacuna llamada Ad5-nCov, desarrollada por el Instituto de Biotecnología de Pekín y la biofarmacéutica CanSino Biologics, por lo que avanza sobre la fase tres de los ensayos clínicos. Desde el inicio de la pandemia, el gobierno chino se encargó de abastecer a los demás Estados afectados por la pandemia por medio del envío de equipamiento sanitario, profesionales de la salud, kits de prueba y máscaras faciales, demostrando que el coronavirus no será un obstáculo en el “sueño chino”. Aquella política exterior que busca posicionar al país en la arena internacional y profundizar los lazos entre los Estados, concentrada en el proyecto de la Belt and Road Initiative. La vacuna actuaría como extensión de las herramientas al alcance de China para profundizar su influencia internacional.


La cura contra la vacuna del coronavirus está en camino, pero no son los políticos ni sus gobiernos quienes deben presionar a los laboratorios o las organizaciones multilaterales en busca de la aprobación de sus investigaciones para ser los primeros en la carrera mundial, porque al final del día estamos hablando de la cura que puede acabar con una pandemia y salvar miles de vidas.

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